La separación del cargo del gobernador de Sinaloa y del presidente municipal de Culiacán no es un acto de responsabilidad política. Es una confesión implícita.
Es la confirmación de un nexo que durante años se quiso ocultar, es la ratificación de lo que el presidente del PRI, Alejandro Moreno, señaló de manera categórica, una y otra vez, junto con el priísmo sinaloense: que el poder en Morena no se construyó limpio… se construyó con la sombra del crimen organizado. Hoy, los hechos alcanzan a quienes creyeron que podían gobernar bajo la protección de la impunidad. Y que no quede duda: esto no es un caso aislado. Esto es el inicio de la verdad que se abre paso en todo el país.
Porque lo que estamos viendo en Sinaloa es apenas la punta de un sistema.
Un modus operandi electoral que Morena replicó elección tras elección: intimidación, control territorial y operación política sostenida por grupos criminales para hacerse del poder. Así ganaron.
Así se impusieron.
Así traicionaron a México.
Pero la realidad siempre alcanza, y hoy empieza a derrumbarse esa red de complicidades que tanto daño le ha hecho a millones de mexicanos. El país merece saber la verdad completa, y los responsables, todos, deben rendir cuentas. Porque en México no puede ni debe gobernar quien le debe el poder al crimen.Y lo decimos claro, fuerte y sin titubeos: No fue un error.
No fue casualidad.
Fue un pacto.